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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

sábado, 15 de julio de 2017

Hacia una monarquía sin rey



El 15 de junio, en su último discurso en las Cortes, durante los fastos del aniversario de la Transición, el Jefe del Estado no desperdició la oportunidad de desligar la república coronada que representa de la monarquía del 18 de Julio, la que heredó su padre y la que garantizó la obediencia, en 1981, del Ejército. Hace bien: la supervivencia política de su discutible institución depende de su capacidad de ser el rey de los rojos, porque los nacionales no lo podemos considerar nuestro.

  • En fecha tan señalada como la de este 14 de julio para el destino de las testas coronadas, así como para todas las desgracias que a partir de ahií acontecieron (igual vale, por cierto, si el 14 se pone en el mes de abril), nos complace publicar este artículo de nuestro colaborador Sertorio. Entre otras cosas, se explica en él que el primer paso para recuperar el principio monárquico en España consiste –paradójicamente– en acabar con la monarquía.

Hacia una monarquía sin rey 


El Manifiesto . 14 de Julio de 2017
El 15 de junio, en su último discurso en las Cortes, durante los fastos del aniversario de la Transición, el Jefe del Estado no desperdició la oportunidad de desligar la república coronada que representa de la monarquía del 18 de Julio, la que heredó su padre y la que garantizó la obediencia, en 1981, del Ejército. Hace bien: la supervivencia política de su discutible institución depende de su capacidad de ser el rey de los rojos, porque los nacionales no lo podemos considerar nuestro. La vergonzante monarquía del 78 prefiere calarse el gorro frigio y beber campechanamente del porrón con los sans culottes. Esfuerzo vano: los descendientes ideológicos de Marat y las tricoteuses[1] siempre exigirán que ruede la cabeza del Capeto. Por mucho que la Corona rebaje su perfil, por mucho que empine el codo con la bota de vinazo de la memoria histórica y de la ideología de género, la izquierda de casta es regicida. Igual que las víboras están hechas para morder, el instinto irresistible de la hez podemita le obliga a destruir todo lo que tenga un atisbo de tradición aristocrática, aunque sólo se trate de esta sombra de monarquía.

Cuando el elefante de Botswana derribó el trono de su padre, el nuevo ocupante del solio arrancó del guion real la cruz de Borgoña, claro signo de su voluntad de desarraigar de su Casa toda referencia a la España tradicional, la que armas en la mano entregó un inmerecido trono a su familia. El discurso del otro día en las Cortes remata esa enemiga hacia todo lo que huela a tradición, ese lavado con lejía y salfumán del pasado, esa renuncia a su propia legitimidad (dinásticamente nula desde 1833). Lo que los nietos de Isabel II hagan con su tinglado es asunto suyo. Pero debemos tener muy claro que, desde el discurso del 15 de junio, el rey de todos los españoles sólo lo es de los del Frente Popular.

Esta descarada volte face se debe a que la monarquía ha dado siempre por descontado el apoyo de las derechas. El miedo a la República todavía opera en muchos de las mismas. Por lo tanto, el margen para escorar hacia la izquierda o la extrema izquierda es muy amplio. Hoy, cuarenta años después, el régimen del 78 ha servido para separar a los españoles, para entregar la soberanía a unos muy oscuros entes multinacionales, para permitir la implantación de un totalitarismo cultural de extrema izquierda y para ensuciar la memoria de nuestros mayores, aquellos voluntarios del 36 que combatieron para librar a España precisamente de esto. La monarquía, en principio, es un símbolo de continuidad y de unidad, así se recoge en la muy violada y muy calcinada Magna Carta de este régimen, pero los dos borbónicos Jefes del Estado han asistido sin una protesta a la progresiva degradación de todo lo que dicen encarnar.

Lo que debemos plantearnos es la supervivencia del principio monárquico, de la autoridad del Estado, de su unidad y su continuidad. La dinastía es parte de los males del país: durante cuatro décadas ha amparado la disgregación en taifas de España y ha mantenido un (hoy) embarazoso compadreo con Pujol y los nacionalistas catalanes; debemos arrojar al baúl de los recuerdos los instintos monárquicos que todavía –aunque, por fortuna, cada vez menos– afloran. El ci-devant rey Juan Carlos –al que ahora evitan los que tanto le adularon– iba a los toros y de vez en cuando (un desfile, una visita a Ceuta, alguna ceremonia oficial) se envolvía en la bandera de España para dar ánimos a la hinchada; este rey de ahora es demasiado frío, demasiado calvinista, demasiado Glücksburg, como para eso. Le puede su sangre danesa. Esto, sin duda, está facilitando aún más el divorcio entre la media España que quiere seguir siendo española y esta monarquía escandinava de Ikea.

El primer paso para recuperar el principio monárquico en España consiste –paradójicamente– en acabar con la monarquía. Ésta no consiste en el traspaso del poder hereditario de un príncipe a otro del mismo linaje. Hay monarquías electivas y hay esencias monárquicas en muchas repúblicas. Los Estados Unidos, la V República francesa y la Rusia de Putin nos enseñan de manera palmaria que un Estado puede mantenerse fuerte, unido y fiel a su tradición sin tener que cobijarse bajo una Corona débil. Son la antítesis palmaria de los casos patéticos de Bélgica y España, monarquías nada ejemplares, que malamente parchean las costuras de un Estado roto. Una III República, algo que tarde o temprano traerán las izquierdas (es lo que tiene entregarle la cultura al enemigo), no nos debe asustar. Al revés, quizá sea la ocasión para darle a España un Estado de verdad, con una dirección fuerte y un culto de la patria. Aunque la sinistra trajese a la Niña Bonita, dada su capacidad para el caos y para crear cantones y kábilas, poco tiempo le duraría en las manos. Cuando llegue el momento restaurador, cuando aparezca el hombre que transforme el marasmo en orden, entonces éste tendrá que ser un Bonaparte y no un Monck,[2] es decir: un hombre de Estado que consolide la república, no un militarote que nos aflija con otro Borbón.

El pueblo español es monárquico, necesita un jefe. Nuestro caudillismo ha aflorado siempre y con nombres ilustres, que han marcado nuestra historia y nuestra mitología nacional. Hubo un tiempo en que esos caudillos también fueron reyes: San Fernando, Carlos I, Carlos VII, pero también hubo jefes que salieron del pueblo y fueron traicionados por un excesivo respeto a indignas figuras regias: El Cid, don Álvaro de Luna, Jovellanos o don Miguel Primo de Rivera, buenos vasallos de muy malos señores. Si nuestro país concibiese un régimen adaptado a la naturaleza monárquica hispana, donde un jefe respetado acumulase el poder ejecutivo al modo de Francia o Rusia, muchas cosas cambiarían para bien de la nación. Tendríamos entonces una monarquía tradicional bajo los ropajes de una república.
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[1] Las revolucionarias francesas más exaltadas y adictas a cierto artefacto inventado por monsieur Guillotine (N. de la Red.)

[2] George Monck fue el general que dio el golpe de Estado que restauró en 1660 la monarquía en Inglaterra, después de la muerte de Oliver Cromwell y del breve gobierno el hijo de éste, Richard. Fue hecho duque de Albemarle por Carlos II.